Piramides de Egipto
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JORGE ABASOLO ARAVENA
PERIODISTA
jabasoloaravena@gmail.com
TEMAS DE ACTUALIDAD
Junio de 2016


LAS GUAGUAS

Para mí son todas iguales: arrugadas, chillonas y cagonas.


Hace pocos días un gran amigo mío fue papá.

Estaba orondo y más que feliz. Espero que siga de la misma manera cuando se entere su mujer, porque mi amigo hizo "la gracia" en comisión de servicios.

Puso las fotos en Facebook y a la semana nos invitó a conocerla. Llegaron primos de mi amigo desde Puerto Montt y hasta tías desde Arica, hecho que no me dejar de sorprender. ¿Viajar más de 3 mil kilómetros para conocer a una guagua que no es ni propia? Raro, ¿eh?

Una tía decía que había sacado la frente de su madre, otro que tenía los ojos igual al padre, la de más allá que tenía la nariz de la abuela.

Tratando de decir algo gracioso dije que tenía las encías igualito al abuelo. No se rio nadie y quedé como imbécil.

Lo cierto es que me es incómodo conocer a una guagua. Para mí son todas iguales: arrugadas, chillonas y cagonas.

Cuando me invitan a una casa para conocer un bebé, yo me sumerjo en un proverbial mutismo. Me quedo en silencio, en una actitud similar a la de Pablo Longueira cuando tiene que declarar ante un fiscal.

Pero no puedo desentenderme del clima de algarabía que invade un hogar cuando aparece un baby en el momento más impensado.

La guagua empieza a complicar la vida cuando se le educa bajo las pautas de la psicología infantil, que está escrita por gente adulta y a veces…por quienes jamás han tenido guagua alguna. Esto me parece tan absurdo como si un cubano escribiera acerca de las bondades de la democracia, un haitiano hablara de los riesgos de la obesidad mórbida o la Natalia Campagnon nos dictara una charla de ética en el mundo de los negocios.

Creo que es imposible que un adulto logre comprender a un niño. A todo esto, al niño le debe importar un rábano que algún adulto lo comprenda o no.

En mi época de infante, si un chico quebraba un vidrio o un jarrón de la casa se le daba una soberana paliza y el incidente quedaba archivado.

Hoy por hoy, si un niño quiebra un vidrio no se le puede aplicar la sanadora paliza, porque puede dejar en él huellas de esas que más tarde sirven para notables argumentos de películas o tramas de una novela destinada a vender más que cualquier libro acerca de la psicología infantil.

Además, se arriesga a una querella por parte la Oficina Infantil del Instituto de DD.HH y del Protectorado de la Infancia.

¿Consecuencia? El chico se irá directo al SENAME, de donde saldrá con más trancas, complejos y taras con las que ingresó.

Si es que antes no se arranca, claro.

Según Piaget, que del tema sabía harto, llamarle la atención a un niño en el momento inadecuado puede dañar severamente su autoestima, haciendo de él un tipo indolente por el resto de sus días, lo que puede llevarlo más tarde a formar parte del directorio de Penta o Soquimich.

Por el contrario, si el chico es halagado en demasía, se le endilgan juicios laudatorios y no se le reprocha tropelía alguna, el probable que termine mutando en un joven mimado y algo retardado. Ya más crecido seguirá dependiendo de su madre hasta los 40 años de edad, sin juicio alguno y con nula capacidad resolutiva.

En este caso, su propia madre deberá administrarle la vida, para hacer de ese chico un caballero "a carta CAVAL".




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