Piramides de Egipto
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JORGE ABASOLO ARAVENA
PERIODISTA
jabasoloaravena@gmail.com
TEMAS DE ACTUALIDAD
Enero de 2016


SAO PAULO, LA CIUDAD QUE NO PUEDE PARAR

El ritmo de vida es trepidante y es un grato desafío dejarse mecer por el vértigo de una metrópolis

Vengo llegando de Sao Paulo y todavía me queda ritmo, optimismo… y poca plata.

Sao Paulo es la ciudad que no cesa. El ritmo de vida es trepidante y es un grato desafío dejarse mecer por el vértigo de una metrópolis donde la conversación fluye hasta en el Metro, que acá en Chile es un cántico a la incomunicación.

Se trata de la mayor ciudad de América y es el principal centro financiero de Brasil. Algunas fuentes la ubican como la mejor ciudad para hacer negocios en América Latina, aunque ahora hay que irse con cuidado porque la corrupción acá ya hincó sus garras y no tiene la menor intención de batirse en retirada.

Apenas me instalo en el pintoresco Hotel WZ, en plena calle Reboucas, me dirijo a la avenida Paulista, tan larga como la infancia de Heidi y con edificios que para llegar al último piso debe usted asegurarse de no sufrir de agorafobia. Son rascacielos capaces de darle un beso a las nubes y que harían las delicias de los parapentistas.

En medio de avenida me sumerjo en el parque Trianon, una verdadera selva en pleno centro paulista. A ratos da la impresión que aparecerá Tarzán colgado de una liana, porque el follaje de sus tupidos árboles deja a la imaginación sin orillas ni horizonte.

Los senderos son estrechos, están pavimentados y se puede ver de todo: árboles exóticos, un vagabundo meditando, dos alumnos concentrados en sus estudios y una vieja rascándose el poto sin escrúpulos, pues acá el desenfado en las actitudes y modales no provocan cotilleos. El paulista vive su metro cuadrado, aunque a la hora de conversar… no para. Y habla de fútbol, de samba y de bohemia. En ese orden.

Un dato interesante: Sao Paulo tiene alrededor de 90 parques, pero el Trianon es el que "la lleva", el más pintoresco y el más interesante. No lo deje de visitar.

Estando en la catedral del balompié dirijo mis pasos al Museo del Fútbol, donde hasta las mujeres se entretienen viendo documentales, fotografías de momentos históricos y los niños juegan al baby fútbol con una pelota virtual.

Un brasileño más negro que moco de fogonero me dice que debo pagar 6 reales. Los cancelo sin dilación porque hay demasiado que ver, ya que el Museo está en el mismo Estadio Paulo Machado, donde el formidable equipo de Sao Paulo jugó miles de partidos. Hoy está convertido en centro de eventos, y espera la llegada de The Rolling Stones.

Me voy a una sala muy oscura. Demasiado oscura. Es el lugar de luto de los brasileños. Me siento en una cómoda butaca y empieza a rodar una película tan antigua como interesante. Se trata de los momentos estelares del Maracanazo, aquel Mundial de Fútbol de 1950 en que Uruguay le amargó la existencia a los brasileños, que construyeron el Estadio Maracaná para celebrar la Copa Jules Rimet, y terminaron sumidos en una tristeza de tango.

A Brasil le bastaba el empate, pero Schiaffino y Gighia pusieron el marcador 2 x 1 y… ¡Adiós Mundial para los locales! Ahí entiendo por qué la sala es tan oscura. Es el momento más amargo…y de luto del fútbol del país "o mais grande do mundo".

Vuelvo al Hotel para cambiarme de ropa, pues me ataca una lluvia que sólo había visto en películas. Creo que de haber estado allí, hasta el mismísimo Noé se hubiese quejado.

Al día siguiente no resisto las ganas de visitar el Estadio Morumbí, en plena avenida Jorge Saad, al llegar a Plaza Roberto Gomes Pedrosa, donde juega el poderoso club de Sao Paulo, que ya está cansado de ganar los torneos locales. Es inmenso, como todo en Brasil, y se trata del estadio privado más grande del país, dotado para albergar a 67.052 personas.

La ciudad es bastante heterogénea y es posible decir que la cultura paulista es fruto de la simbiosis de varios pueblos que emigraron durante la primera República, unidos a elementos culturales de los períodos colonial e imperial. Entre estas culturas, se destacan la italiana, la japonesa, la portuguesa y la española, las dos primeras con fuerza especial. Trazos de este mezcla son evidentes en zonas diversas de la ciudad, consideradas típicamente italianas, como Bixigá… o típicamente japonesas, como el barrio de Liberdae.

En Sao Paulo la época estival es muy larga, aunque pienso que la temporada más prolongada es la del optimismo. Acá se respira hospitalidad y no esconden el cariño entrañable hacia los chilenos.

Un jueves llego más cansado que caballo de bandido al Hotel. Me ducho y bajo al lobby (hall) y me encuentro con la grata sorpresa que hay show en vivo para los pasajeros. Y quien toma la guitarra en el escenario es ni más ni menos que Levy Jardim, el cantautor más promisorio del Brasil, que va tras los pasos de convertirse en el sucesor de Chico Buarque. Luego de disfrutar de sus canciones le encontré toda la razón al filósofo Jean Paul Sartre cuando estuvo en Brasil y le confesó a Vinicius de Moraes que una de las mejores cosas ideadas por los brasileños era el bossa nova.

Levy canta de todo… aunque su especialidad son los ritmos lentos.

En mi último día en la ciudad, me voy al edificio Altino Arantes para obtener las últimas fotos. Construido en 1947, con 161 metros de altura y 37 plantas, está inspirado en el Empire State Building de Nueva York.

La panorámica es formidable y quien tenga pavor a las alturas, mejor que se olvide de visitarlo, pues acá hasta los cóndores se apunan.

¡Grande y bendito seas Sao Paulo…!




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