Piramides de Egipto
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JORGE ABASOLO ARAVENA
PERIODISTA
jabasoloaravena@gmail.com
TEMAS DE ACTUALIDAD
Julio de 2011


Conversando con Fernando Villegas
VILLEGAS, EL AMNÉSICO

"Escribo para le gente común y corriente, no para la Academia de la Lengua o los críticos", ha dicho este sociólogo que exagera su mal carácter.

Entrevistas en Vertice2000 Sus libros se venden como pan caliente por la mañana, como camisetas y/o gorros de la selección chilena durante la Copa América o como paraguas e impermeables en un día de súbita lluvia.

Villegas admite que es un pájaro raro. Un tipo que hasta Freud tendría problemas para clasificarlo. Es un ermitaño en comisión de servicios en este caprichoso ascensor llamado existencia.

Me recibió hace poco en su enorme casa del barrio Ñuñoa, donde estaba acompañado de su perro "Argo" y su perra "Pascualina".

Admito que conmigo siempre se ha portado bien, casi dulce… lo que en él es como pedirle piedad a un usurero.

El reciente opus del chascón Villegas es el de mayor connotación biográfica, incluyendo confesiones que sorprenden, como su deseo de ser ingeniero, su apetencia cuando chico por los trenes, su fugaz militancia en el PC y hasta su ingreso por la ventana a la Universidad.

"Memorias de un amnésico" (Editorial Sudamericana) 340 páginas podría ser descrito con un slogan radial: "entretiene e informa".

Su paso por la Universidad de Chile -para estudiar Sociología- me parece uno de los capítulos mejor logrados. Describe con rigor litúrgico a sus compañeros de estudio, mayoritariamente de izquierda, ebrios de pólvora, manipuladores de la verdad, intransigentes hasta decir basta y con aires de superioridad dignos de mejor causa.

Fueron los pioneros teóricos de la violencia en Chile, pero a la hora de ponerla en práctica optaron por apretar cueva. Con lenguaje de barricada, cuajado de bravatas y consignas folletinescas, sus actitudes desafiantes murieron en los entrenamientos, el lugar más cercano al escenario de guerra, pero que no es la guerra.

De sus tiempos de mocoso también habla. Como cuando quiso ser ingeniero en ferrocarriles, al quedar encandilado con las máquinas "Serpientes de Oro" que catapultaban el tren desde Mapocho a Valparaíso. Este recuerdo caló hondo al autor de esta columna, pues hice ese viaje titantas veces acompañado de mi madre y mi hermana Pelu.

A ratos el autor machaca en demasía el hecho de ser racional y propietario de una conducta de vida en donde no hay cabida a los afectos. Esto parece ser un nudo gordiano no resuelto. Volviendo al libro, Villegas sigue en su estilo provocador, cáustico e irreverente. Obvio, la fórmula le ha dado resultados.

Su juicio a la Guerra Fría es capítulo ameno e incitador. Eran los tiempos en que quien no se alineaba con Estados Unidos debía hacerlo con la Unión Soviética.

¡Qué alternativa tan pequeña y mezquina!




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