Piramides de Egipto
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JORGE ABASOLO ARAVENA
PERIODISTA
jabasoloaravena@gmail.com
TEMAS DE ACTUALIDAD
Octubre de 2010


CUANDO 33 ES MÁS QUE 34...

Cuando ese 23 de agosto se supo que al menos estaban con vida, Chile sacó lo mejor de sí y comenzó a abrirse otro capítulo. Los mejores profesionales, ingenieros capacitados, rescatistas probados, empleados y obreros calificados se dieron a la tarea de regresarlos, teniendo como soporte y espaldas a todo un país, nervioso y expectante. La incuria y negligencia de los dueños de la mina quedaba relegada a un segundo plano. Ya habría tiempo para justicia y recriminaciones.

El Chile de la molicie irresponsable daba paso al Chile de la eficiencia. Se trabajaba con intensidad y contra el tiempo.

Cuando el rescatista Manuel González se internó en la cápsula el clima de tensión llegó a su apogeo. Los riesgos estaban calculados, pero... pero Chile sabe que cuenta con una geografía tan dadivosa -cuando quiere- como chúcara y eruptiva cuando se rebela.

Y antes de la media hora pudimos ver -transidos y embotados por una emotividad en grado superlativo- que Florencio Avalos Silva (31, casado, dos hijos) regresaba sano y salvo desde las entrañas de la tierra.

Hemos sido testigo de una gesta. Cierto, y las gestas requieren poco comentario, porque su fuerza se evidencia por sí misma.

El coraje del minero pudo doblegar las fauces de la montaña. El optimismo de la gente de la minería le hizo musarañas al rostro espectral de la muerte.

Yo estuve en Atacama hace unos años y les puedo decir que el desierto templa el carácter de un modo especial. El Chile nortino es otra cosa. Es como estar sobre el alucinante pellejo petrificado de un monstruo descomunal, entre cuyas ingentes escamas corre el frío sudor de los tortuosos riachos que tararean su aterida cancioncilla, esa que enmudece al sumergirse en las extensas vegas cordilleranas o que levantan el tono al precipitarse en los peldaños de las rocosas heridas en que se rompe la piel curtida por el rudo trabajo.

En esa atmósfera se fundió el carácter minero. Por eso jamás exige, solo pide y -aún así- se yergue mansamente a los designios de Dios. No se sobrepasa en sus dispensas ni condiciona a quienes tienen enfrente de la mesa. Es el temple minero, compañero inseparable del sol quemante. Sólo aquel sol abrasador puede disputarle ese derecho en esa soledad en la que -con su marcha imperturbable de una a otra cumbre- campea su ardiente dominio.

El minero pide con humildad y sosiego. Solicita con risa honesta y acogedora. Mira a su interlocutor con rostro franco para acordar lo que estima justo para todas las partes. Nunca amenaza y jamás hay exigencias fuera de tono ni menos huelgas de hambre.

Por eso sostengo que muchas veces 33 vale más que 34.

Con todo el respeto que me merece el pueblo mapuche...

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