Piramides de Egipto
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JORGE ABASOLO ARAVENA
PERIODISTA
jabasoloaravena@gmail.com
TEMAS DE ACTUALIDAD
Septiembre de 2010


José Luis "Coche" Inciarte
SALDRÁN MÁS CREYENTES DE LO QUE ERAN

Sobreviviente del llamado Milagro de los Andes, este rugbista uruguayo señala que en una experiencia límite como la de los mineros de Copiapó, se experimenta un cambio radical.

Con toda justicia fueron tratados como héroes. ¿Cuánta voluntad y reserva moral se requieren para doblegar una sucesión de adversidades supremas como la que dieciséis jóvenes uruguayos sortearon hace 38 años en la infranqueable cordillera de los Andes?

El día 13 de octubre de 1972 salieron desde Mendoza hacia Chile para jugar un partido de rugby. El accidente ocurrió a eso de las 15:30 horas, perdiéndose hasta el más tenue rastro de aquel avión Fairchild, con apenas 700 horas de vuelo.

Desde ese momento, la vida de estos chicos pasó a ser propiedad de todos.

Se habló de milagro…
Puede ser… pero lo de ellos fue también una hazaña…

Un gran pensador griego sentenció que el hombre es tan grande como la envergadura de los obstáculos que debe soportar. Valga esto al momento de empezar a aquilatar el temple de estos 16 muchachos que -hasta los expertos en salvataje- los dieron por muertos.

Conozco y he entrevistado a doce de estos 16 héroes. Todos afables, sencillos y prestos a atender a una prensa que -a ratos, agobia- pero siempre con la sonrisa a flor de labios. No obstante, en José Luis Inciarte se funden muchas cualidades y es algo así como el resumen de las virtudes de esta pléyade de jóvenes notables que fueron capaces, en virtud de una unidad que no se arredró ante nada, torcer la nariz a un destino que ya asomaba sus siniestras garras.

Inciarte es afable, bien dispuesto y con una capacidad de entrega que quedó de manifiesto en la montaña. Habla lo justo y el fair play le brota con espontaneidad manifiesta, lo que obliga a simpatizar con él. Le sobra eso que los franceses llaman savoir faire, y que podríamos traducir como manejo situacional. Como se lo dije a él mismo este día de la entrevista: "Tu eres una mezcla de psicólogo y sacerdote".

Se limitó a contestar con esa sonrisa franca que le caracteriza.

Esta vez José Luis Coche Inciarte estuvo una vez más en Chile, ahora junto a Ramón Sabella, Pedro Algorta y Gustavo Zerbino, también sobrevivientes de la tragedia épica.

¿El motivo? Visitar a las familias de los 33 mineros atrapados en Copiapó, que han vivido otra odisea, muy distinta a la de ellos, pero con la cual estos uruguayos se han sentido tocados.

-"Sin duda que los mineros están viviendo la vida de otra forma. Hasta antes de un accidente uno ve la vida como un derecho. En nuestro caso, después fuimos entendiendo que no es así, aunque la alegría de estar vivos pasa a ser superior al sufrimiento".

José Luis Inciarte es hoy ingeniero agrónomo. Está casado con Soledad González y es padre de tres hijos: José Luis, María Soledad y María Eugenia.

Mientras preparo la grabadora no puedo dejar de recordarle que estamos en el mismo Hotel (Sheraton) adonde fueron conducidos luego del rescate…



Las huellas de una tragedia que remeció al mundo, muestran a los sobrevivientes del avión Fairchild, estrellado contra el volcán Tinguririca en octubre de 1972.

Los rostros y cuerpos evidencian la situación limite que vivieron los jóvenes del Old Christian Boys.

Josè Luis Inciarte (chaleco rojo) es el tercero, de izquierda a derecha.




-¿Cómo fue tu regreso al mundo "normal"?
-Yo recuerdo que salí de San Fernando un viernes 22… y me llevaron al Hospital San Juan de Dios de San Fernando, a la pieza número uno, que era preciosa. Al día siguiente -sábado 23- me llevaron a Santiago en una ambulancia, a la Posta central. Y ahí me dejaron junto a Javier Methol, Roy Harley y Alvaro Mangino. Al día siguiente, domingo 24, era Nochebuena, me fui y me trajeron al Hotel Sheraton, San Cristóbal. Esto parecía un hormiguero de periodistas… y ahora cuando vi la piscina, la encontré igualita… Hacía calor entonces… recuerdo que esa vez me senté a tomar un jugo de fruta de naranja, y recuerdo que se me apretaron nuevamente las encías.

-¿Cuántos kilos perdiste luego de la odisea?
-Cuarenta y cinco. En Mendoza me pesé y recuerdo que la balanza anotó noventa kilos. Y luego del rescate, salí totalmente sucio después del baño en el Hospital de San Fernando. Recuerdo que pesaba 45 kilos.
Supongo que tenía un par de kilos de mugre. (Se ríe).

-Luego de vivir una situación límite como aquella, ¿qué cosas te quiebran? Si yo tuviese una depresión, un momento difícil, no dudaría en recurrir a ti. El más grave de mis problemas lo vas a encontrar minúsculo…
-Mirá, Jorge… la vida se encarga de volverte a la normalidad. La vida de la tierra te atrapa, y volvés a caer, aunque, claro… siempre te acordás de aquello y decís "esto no es nada comparado con lo que pasé".
Pero te advierto que si voy por la carretera y pincho un neumático, me viene un stress brutal y si voy con mi señora, le echo la culpa a ella. (Nos reímos).
A alguien hay que echarle la culpa…

-Han pasado 38 años de este accidente…¿Todos los días te acuerdas -en algún momento- de algo sucedido en la cordillera?
-En algún momento, sí. Siempre hay algo que me hace acordar en el día de un instante vivido en la nieve. Una situación estresante…o cuando veo a uno de mis compañeros. O cuando veo a algunas de las madres de aquellos chicos que no volvieron. Siempre hay un instante del día en que me acuerdo de lo vivido allá en la montaña.


DOS PUNTOS EN EL CIELO…

-El momento del rescate es indeleble para ustedes. El ruido de los helicópteros es un momento que sé, te emociona…
-Es cierto. Yo escuché el ruido de los helicópteros desde abajo. Pensé que iban a aparecer desde arriba, pero no fuer así. Es que estábamos a 4.500 metros de altura. Primero hubo un momento de absoluto silencio, pero nos dimos cuenta que algo pasaba... El viento era muy intenso.
Vimos que se movían dos puntitos en el cielo…De pronto esos puntitos estuvieron encima nuestro… los motores rugían, la nieve volaba y nuestros brazos se agitaban de alegría. Era una sinfonía, una fiesta. Recuerdo que rápidamente me subieron. El rescatistas Sergio Díaz bajó y me subió como pudo al helicóptero, que no se podía posar, debido al plano inclinado.
Era la una y media de la tarde y los vientos eran verdaderos vendavales.
Fíjate que después de haberme subido al helicóptero me anduve arrepintiendo porque era un peligro.

¿Cómo recibieron la noticia del rescate?
-Habíamos escuchado en la radio que Canessa y Parrado habían sido encontrados por un arriero…y que pronto vendrían unos helicópteros por nosotros. Eso lo escuchamos a las 6 y media de la mañana en una radio de Uruguay. El entusiasmo fue tal que a eso de las 7 de la mañana ya estábamos todos casi peinados, casi limpios con la mejor ropa para recibirlos. Y ahí empezó una espera que se nos hacía eterna. Los helicópteros asomaron a la una, menos cuarto. Hasta pensamos que quienes habían escuchado la radio, habían escuchado mal… o que habían sido una alucinación. A la una menos cuarto sentimos un lejano tan-tan-tan que el viento se llevó enseguida. Nos quedamos parados mirando hacia el cielo, esperando que aparecieran por encima de la montaña que habían cruzado Fernando y Roberto. Pero claro, el helicópteros no podía elevarse a tanta altura. De pronto alguien los ve venir… ¡allá vienen! Gritaron… Fue divino cuando los vimos venir…

-Uno de los momentos más duros para ustedes debe haber sido escuchar la noticia de que la búsqueda se suspendía…
-Sí, eso fue de las cosas más horribles que nos pasaron. Escuchar esa noticia fuer un golpe demasiado duro. Y es que nos dábamos cuenta que te daban por muerto, que no te iba a venir a buscar nadie…que te ibas a morir ahí. Y se produce una contradicción que no te deja de dar vueltas en la cabeza y te repites constantemente: me dan por muerto, no me vienen a buscar…y yo estoy vivo. Eso es algo desgarrador y espantosa esa sensación de pensar una y otra vez que estás vivo y que afuera te consideran muerto. Y dan ganas de gritar ¡Estoy vivo, estoy vivo! ¡No paren de buscar!


CUANDO LA RAZON NO BASTA

-¿Hacían fuerza por las noches tratando de enviar mensajes a sus familiares?
-Sí. Uno se da cuenta en esos momentos -más que nunca- que la mente manda todo. Si no tenés fortaleza mental te podés volver loco de angustia, de desesperación, porque la situación es irremediable. Si la razonás, llegás a la conclusión obvia: me voy a morir acá. La razón te llevaba a concluir eso. Y te pasan muchas cosas por la mente. Por ejemplo, me estoy comiendo el cuerpo de mis amigos, para no morirme…pero, ¿qué estoy haciendo? ¡Si al final se acabarán los cuerpos e igualmente me voy a morir! ¿Para qué hago esto ahora? ¡Son tantas las preguntas…!
Pero por otra parte…la alegría de estar vivo y defender la vida es muy fuerte. Claro está que con el correr del tiempo llegamos a diciembre…y entonces la alegría de estar vivo ya no es tanta. Estás cansado y la muerte empieza a ejercer una seducción importante.

-¿Hubo un momento de quiebre en que llegas -incluso- a desear la muerte?
-Es más. Cuando Canessa y Parrado se fueron a buscar ayuda…o a morir en el intento, empezaron para mí los días más angustiantes. Y entonces resolví que si no aparecían el 24 de diciembre, que era el domingo de nochebuena- me iba a dejar morir. Y es que eso era más fácil que seguir luchando por la vida. Pero ocurre que dos días antes del 24 aparecieron los dos helicópteros con Nando (Parrado) y Roberto para ubicarnos y nos encontraron. Eso fue una sucesión de milagros y acontecimientos que la mente humana no puede comprender.

-La de Parrado y Canessa fue la cuarta expedición. Pero ya se preparaba una quinta… en el caso de que ellos no volviesen.
-Claro, se preparaba otra para enero. En eso trabajaban Fito Strauch, Carlos Paéz. Por lo menos ellos decían que iban a salir, tenían las ganas…no sé si habrían tenido fuerzas, pero la historia se escribió de otra manera. Parrado y Canessa dijeron otra cosa. ¡Por suerte! Porque si no yo no estaría contando este cuento.

Inciarte conversa con Vertice2000: "La fe ayuda mucho cuando la voluntad flaquea"


-¿Quiénes eran tus mejores amigos al momento de emprender el viaje?
-Mi mejor amigo fue quien me invitó… me refiero a Gastón Costemalle. Era de mi edad y estudiaba abogacía. Era un tipo inteligente, un gordo divino. Cuando subimos al avión en Mendoza, él se sentó en el último asiento, a la izquierda. Recuerdo que me gritó: ¡Coche, ven a sentarte conmigo! Y cuando me fui a sentar, llegó otro muchacho y me quitó el asiento. Y bueno, seguí hacia adelante y le dije: nos vemos un rato más, en Santiago. Y me fui hacia adelante del ala.
Una vez que el avión se quebró, nunca más vi al gordo Gastón… ya que el avión se partió y saltó hacia arriba de la montaña… y allí quedó.

-Iba junto a Carlos Valeta?
-No. Valeta se cayó por el camino. Quedó con Guido Magri, Alexis Hounié y dos de los tripulantes.

-¿Nunca mas los viste?
-Nunca más los vi.
Recuerdo que yo me había ido adelante, como te dije, y el avión se partió atrás mío… y yo quedé adentro… y no me hice nada con el golpe.

-¿Qué papel juegan dos conceptos como Fe y Voluntad en un viaje al infierno como el que vivieron ustedes?
-La fe la considero como prima hermana de la esperanza…que no hay que perderla nunca. Y la voluntad decide y hace. La fe ayuda mucho cuando la voluntad flaquea. Porque a veces la voluntad se te cae. Y la fe hace que vuelvas a levantarte. Porque las piernas también fallan y tu dices: "no doy más". Pero la mente te indica que siempre uno puede dar más. Por más que todo esté en contra, la mente logra cosas imposibles de imaginar.

-Ustedes eran de un colegio muy católico. ¿En qué medida influyó la religión para sortear tantos embates?
-Mira, yo creo que esta es una historia extraordinaria vivida por gente común. La historia es la extraordinaria. Esto no responde a una religión, a una fe…no pasa por clases sociales o razas. Esto responde solamente al ser humano. Creo que cualquier ser humano en esas circunstancias -o un grupo humano como el caso nuestro- iba a reaccionar de la misma forma.

-Pero ayudó mucho que ustedes eran jóvenes y deportistas. Porque si caen en la montaña a la edad que tienen ahora…
-(Interrumpe) ¡Noooo, si caemos ahora nos hacemos mierda…! (Nos reímos).
Lo que te quiero decir es que es propio del hombre. Pero te puedo decir que si algún agnóstico había -como puede haber en la mina, en el caso de los mineros chilenos del norte- estate tranquilo, que va a salir creyente, convencido de que Dios existe.

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